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¡AVE CESAR!
Desde muy joven el destino lo separó de su familia. En tierras, gentes y culturas extrañas a él, supo forjarse un sitial inigualable. Ejemplo de vida, guerrero incansable, desafió innumerables peligros, librando no pocas veces, batallas a muerte y contra la muerte.
De verbo locuaz, pequeño en tamaño pero gigante en espíritu. Su don de gentes le definía.
Nunca fue miserable en detalles. Un gesto, una sonrisa, una palabra, o su sola presencia eran suficientes para confortar a sus amigos. Además de ser un soldado de la vida, sin duda fue un gran pensador. Ello lo deduzco, de su particular manera de contemplar el entorno y aprender siempre de él.
Dedicaba mucho tiempo, mucho tiempo a la observación, por eso le sorprendí incontables veces con sus pupilas dilatadas, mirando, estudiando, escuchando.
Compensaba sus limitaciones, con sus habilidades superiores, sin embargo nunca fue vil ni presuntuoso.
Legionario de la vida, viajero del mundo. Sirvió, en la tierra de Cervantes, sirvió en Cartago, y lejos de su patria.
Su mejor amigo, le sobrevive. Y sé que le extraña y le recuerda.
Una noche de domingo partió por última vez. Usando su túnica verde de romano veterano su alma inmortal viajó al inframundo, luego se elevó en un vuelo cósmico y supremo hacia el infinito, volando nuevamente libre por los confines de la eternidad. Es la historia de un hombre que fue perico, y su nombre es Filippo.